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EN HONOR A TU VALENTÍA

Estas líneas, escritas desde lo más profundo de mis sentimientos de amor, son en tu honor. Honor a esa mujer valiente que un día emprendió el camino de encontrarse consigo misma. Un camino nada fácil, un camino con tormentas, huracanes, oscuridades, pantanos inimaginables. Un camino del que muchas veces quieres huir y nunca más regresar.

Es el camino que tú y yo, por circunstancias diversas, decidimos emprender en búsqueda de nuestra luz. Y cuando la encontramos, la cuidamos, la protegemos, porque esa es la brújula que nos permite evolucionar y convertirnos en nuestra mejor versión.

La valentía que se requiere para ir a lo más profundo de nuestras heridas solo es comprendida por aquellas valientes mujeres que hemos vivido este proceso de transformación interna, que hemos atravesado la noche oscura del alma y hemos salido victoriosas al encuentro de una vida plena. Con sus fríos inviernos y sus florecientes primaveras, con sus sí y con sus no, con sus alegrías y sus tristezas, conscientes de la fortaleza interna que ese camino nos ha otorgado como retribución.

¿Qué significa sanar heridas? ¿Por qué, cuando estamos seguras de que hemos curado una herida, de pronto nos encontramos con las mismas emociones que en su momento generaron?

Entonces pensamos: ‘Estoy retrocediendo’, ‘No he sanado aún’. Nos sentimos culpables e incapaces de sanar, de trascender, de perdonarnos a nosotras mismas y a los demás.

Hay heridas suaves, pequeños rasponcitos que, al cabo de tres días con pocas dosis de aloe, se curan y no dejan rastro en la piel. Hay otras heridas superficiales que requieren un proceso mayor. Otras, profundas, que necesitan puntos de sutura y cambiar la cura, colocando cicatrizantes dos o tres veces al día, y guardar el mayor cuidado para que no se abran de nuevo.

Otras requieren antibióticos para detener infecciones, y algunas, varias intervenciones quirúrgicas para reconstruir el área afectada. Así pueden ser nuestras heridas internas.

Tú eres consciente de su magnitud cuando decides observarlas, tratarlas, curarlas desde el amor, la compasión, la bondad, con la certeza de que, cuando sanas una herida, por pequeña que esta sea, estás sanando generaciones anteriores y mostrando un camino más equilibrado, más armonioso, en definitiva, más sano, a las nuevas generaciones.

Entonces, lo que para algunas personas de tu entorno puede parecer un acto egoísta de tu parte al enfocarte en tu sanación interior, no lo es; todo lo contrario. El egoísmo proviene de la falta de amor por nosotras mismas. Cuando cuidamos de nosotras mismas, cuidamos a los demás. Cuando tú sanas, todo lo que conforma tu mundo exterior se beneficia porque tú te conviertes en una mejor persona.

¿Están todos a tu alrededor dispuestos a convivir con tu Yo sano?

La respuesta es un gran NO. En el proceso de sanación, la nubosidad que te mantenía perdida en tu mundo interno se va desvaneciendo. La luz del sol aclara el camino hacia tu verdadera esencia. Avanzas hacia un estado de sutileza, comprensión y reconexión con quién eres en realidad. Dejas de ser víctima de las circunstancias para convertirte en la creadora de tu vida. Y desde ese lugar vendrán incomprensiones de tu entorno: puede ser que algunos se enojen, otros se distanciarán, otras personas estarán muy incómodas porque eras más útil en la niebla, otras se sentirán inspiradas por tu expansión. Lo más importante es que, en el reordenamiento de tu caos interno, la vida comienza a fluir sin resistencia y comienzas a relacionarte de una manera amorosa contigo misma. Y es desde allí donde te relacionas con el mundo que te rodea.

Sanar es una poderosa elección

Un día decidí no continuar posponiendo el encuentro con mi realidad. Con valentía, decidí comprenderme para reconciliarme con la vida. Allí aprendí a ver mis heridas con compasión y no con ofuscación. Aprendí a no alimentarlas con las ataduras del pasado. Aprendí a ver mis sombras sin avergonzarme. Aprendí a descansar en mi propia ternura. Me abracé sin máscaras, sin tapices, sin juicios, solo con amor. Y desde allí restauré mi equilibrio, mi energía, mi paz.

Recuperar nuestro centro es una manera poderosa de restaurar la armonía en nuestra vida. La armonía no implica la ausencia de problemas, sino el equilibrio entre fuerzas opuestas. Lo que antes nos causaba dolor, ahora se transforma en aprendizaje.

La verdadera armonía no llega cuando todo cambia a nuestro alrededor; se manifiesta cuando aprendemos a cultivar la calma y a mantenerla, incluso en medio de la tormenta.

Por eso, en este mes de la mujer, quiero honrarte a ti, a mí y a todas las mujeres valientes que hemos dedicado muchas lunas y muchos soles para poder abrazar al mundo con bondad, para convertirnos en un canal de luz, por nosotras mismas, por nuestros seres amados y por los que aún no podemos amar.

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